viernes, 22 de octubre de 2010

¿Quien dijo Kitsch?

En las largas jornadas en las que me he aventurado a recorrer avenidas, callejones, pasadizos comerciales y calles, situadas todas en ese punto neurálgico, de esta nuestra tacita de plata, no he podido ser ajeno a todas esas vitrinas atiborradas de enseres y utensilios aparentemente inútiles, a esos puestos improvisados que compiten con los peatones para hacerse por un sitio en las sobrepobladas aceras de corazón del Aburrá, en fin todos aquellos comercios y bazares que adornan el centro de nuestra ciudad con un despliegue de sensaciones que lleva casi a la sobrecarga sensorial del inexperto aventurero.
Y es que siempre que me veo a mi mismo sumergido en esa marea de transeúntes que inundan la zona céntrica, no puedo evitar el ser arrastrado a fisgonear cada uno de esos locales y mercados; detallando y analizando con el afán producto de una curiosidad casi pueril cada objeto y producto allí expuesto. Pero cómo no hacerlo, si cada uno de esos chécheres  y baratijas son ejemplos clarísimos de cómo vivimos en una sociedad de consumo que busca ofrecer al cliente potencial aquellas cosas que no necesita, pero que aun así anhela consumir sólo por hacerlo.
Pero que le vamos a hacer, nuestra época es la del consumismo, donde la industrialización ha llevado a un mundo en donde antes que crear se busque producir, donde ya no se hacen menesterosas las personas dedicadas al oficio artesanal, sino, una simple máquina, un autómata sumiso que elabora artículos uno tras otro, a quien le basta pedir a cambio ser engrasado y limpiado esporádicamente. Eso no es malo a mí parecer, la mecanización de procesos ha permitido que aquellos que antes tenían que trabajar hasta el agotamiento, ganándose el pan con sudor, sangre y lágrimas, ahora tengan un horario definido y puedan dedicar parte de sus rutinas al ocio.
 Lo mejor es que con tanto ocioso regado por el mundo, el propio sistema tuvo que ofrecerle algo en que pudiera matar el tiempo, ¿y qué mejor opción para palear el aburrimiento que consumir? Y aquí es donde la cosa se pone más interesante, con toda una nueva masa de consumidores, el mercado tuvo que reaccionar a las demandas del mismo, objetos que emularan ser refinados y elegantes, pero que pudieran ser comprados con el ridículamente bajo sueldo del proletariado.
Señores y señoras, aquí es donde aparece el Kitsch, del que un artista de la república castrense dijo, “[…] esas formas, agresivas, chirriantes, irremisiblemente "malas". Dentro de su pobreza intrínseca –por sí mismos no tienen prestigio plástico alguno, son "formas malas"- dichos elementos son de una variedad extraordinaria.” (Flavio Garciandía).
¿Qué es entonces el Kitsch? Pues bueno muy a pesar de esa autodesignada élite artística, es el arte de las masas, permeado por el afán del nuevo consumidor y el espíritu del progreso industrial. El término se lo debemos a nuestros amigos germanos, quienes le dieron su significación actual de "realización de una cosa de manera apresurada y descuidada" en algún momento del siglo XIX. No puedo evitar que se me venga a la cabeza una expresión alemana, verkitschen, que vendría siendo algo así como "meter gato por liebre" y que muchos relacionan con nuestra palabrita.
Debo señalar en este punto que difiero completamente con los encopetados artistas que en pretensión sostienen que el Kitsch no es más que contraarte, una desacralización de  los criterios con lo que una élite "culta" dicta lo que es bello y lo que no, amenazando con una dictadura de masas ignorantes al arte vanguardista, sosteniendo que “[…] como la vanguardia constituye la única cultura viva de que disponemos hoy, la supervivencia de la cultura en general está amenazada a corto plazo.” (Clement Greenberg). Tal opinión es cuando menos excluyente y clasista, cosa que no tiene cabida en sociedades modernas que se dicen liberales e igualitarias, pues el arte es de todos y para todos.
Para mí, todos esos chécheres y chirimbolos que adornan algunas de las calles de la ciudad de la eterna primavera, son arte, arte de masas, arte al alcance de todos y que en medio de su estridencia, extravagancia y pretenciosidad, son muestra de nuestra cultura, esa, la popular, la que nos dota de identidad. Cierro entonces con la reflexión del sociólogo francés Abraham Moles
“Es un concepto universal, familiar, importante, y corresponde sobre todo a una génesis estética, a un estilo de ausencia de estilo, a una función de confort sobreañadida a las funciones tradicionales, a un "nada está de más" del progreso.”

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